
Pensando en resumir una vida que es la mía aparecen números. Doce años no demasiado productivos, tres años con principio, fin objetivo, con sentido… eso me digo, eso digo. El peso de doce años los siento ahora que con el frío que acaba de llegar, a mediados de septiembre, a las orillas mediterráneas, frío que ahora siento como un peso molestó en mi cuello y que ahí se quedará, conmigo por un tiempo. Ayer era hace diez años, pero hoy transpiro más, más fuerte, me empapó con el calor, la ansiedad, el movimiento, el rock, la superioridad y la inferioridad, arriba o abajo da lo mismo porque mientras este expuesto estoy desprotegido. La protección en la que me especialicé durante doce años tuvo su máxima expresión en la inconsciencia, ningún muro es más alto que el abismo, ninguna inmortalidad nos librará de la muerte pues solo la muerte puede otorgar la inmortalidad. Ni en doce ni en quince años encontré ningún teatro mágico, ni en ningún momento descubrí que hacer con la muerte ni que podía hacer ella por mi. Nunca descubrí nada en el vacío con el que yo representaba la muerte, en ese largo escalofrío que podía sentir en todo su recorrido al ver muertos caminar sus últimos pasos cargando con sus viejos cuerpos. Tampoco lo he hecho hoy, pero ayer soñé con dejarme ir hoy, morir durmiendo junto a mi compañera después de un concierto de rock. “Dejarse ir” es liberarse de todas estas palabras, de las angustias, de las sombras, del sudor y el ruido, entregarse al amor con el que la vida nos mece hasta dejarnos ir. Ahora querría irme, elevarme por encima mío, dejarme, olvidarme de mi, perderme en la nada, en el todo, en aquello. Pero no puedo, algo demasiado grande, demasiado pesado quiere quedarse aquí o querría al menos volver destruyendo con su ansia de mortalidad toda inmortalidad posible, toda muerte. Aquí me quedo agarrado a mis piernas que pegadas al suelo se me agarrotan al subir los escalones, al levantarme de la silla, al deshacer el puño y extender mi piel, mi yo, mis manos, mis dedos. Mi cara se estremece con un cuello pesado que transmite a todo mi cuerpo otro escalofrió, uno que no tiene que ver con la muerte desde fuera, no con una muerte de escaparate, no un dejarse ir sino un irse, un morir, un sentimiento de enfermedad del cuerpo, del todo, una enfermedad de la materia. Como expresión de la materia somos el grito de angustia del cosmos resquebrajándose y haciéndose añicos. Somos el grito de un cosmos roto, de una garganta dolorida por el frío de la nada y en una noche de septiembre.
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