
Llevaba consigo una barra de pan desde hacia unos días, era para él algo así como una espada y repetía constantemente a gritos: “Don’t miss around with my sister or you’re going to taste the slight of my sword”, mientras amenazaba a la nada agitando la barra seca. Todo eso, de todas formas, concluyó en cuanto encontró otro uso para su barra de pan seca y en ese instante cambió la serenata.
En una encrucijada de Escudellers se quedó quieto, era el lugar más concurrido de la calle y es que ahí estaban asentados una media docena de marroquíes turnándose para ofrecer sus mercancías a los transeúntes que en aquella hora eran todos gentes involucradas en la más pura actividad “lúdica” de comer, tomar y bailar. Se quedó en guardia en el centro del cruce, blandió su espada como cogiéndole la medida, mientras la marea humana le atravesaba. Meditaba en esos momentos de extrema concentración acerca de lo que merecía una respuesta violenta, sin obviamente alejarse de si mismo, sin caer en el lado de lo global y general. Se dejó vencer por un impulso y se echó tras de si la barra, aguantándola firmemente la apoyó contra su hombro derecho y desde ahí realizó un movimiento rápido y potente, simulando más al bateador que no al espadachín. El impacto fue contundente y sorpresivo, aquella mantecosa guiri gordita embutida en ropajes que no se acercaban ni por asomo a su talla y que combinaban, hasta ese momento, impunemente colores y formas de lo más desagradables a la vista se llevó un tremendo golpe inesperado en plena cara. La barra se quebró y ella cayó al suelo al desequilibrarse sobre aquellos zapatos de tacón fino que torturaban sus gruesos y llagados pies en las noches de fiesta con los amigos. Algunos de estos posibles amigos que la habrían invitado a su casa en Sajonia hará ya un tiempo para concretar sus vacaciones en Barcelona, posiblemente también su novio y algún compatriota que habían conocido en los últimos días, toda la representación de la tribu después de superar la perplejidad frente al ataque con barra de pan que había sufrido una hembra de su clan prepararon su repertorio de maldiciones y juramentos en lengua sajona para increpar al guerrero de la barra de pan. Obviamente no se sentían amedrentados por la media barra pan que quedó en manos del guerrero, ellos eran más en cantidad y tamaño. Las mujeres envolvieron maternalmente a su ultrajada compañera con exclamaciones de falsa empatía, ya que seguro que ninguna de ellas había sido objeto de un ataque con barra de pan seca. El guerrero pudo percibir la falsedad de aquellas mujeres, todo aquello era una completa farsa pero se había quedado sin su legendaria Caladbolg de pan y ya no podía impartir justicia. Mientras tanto los machos del clan descubrieron la estrategia a seguir… el valeroso guerrero también, se lanzó al sprint en un rápido movimiento de contorsión y vuelta, aquello sería divertido pensó, y sin dejar de meditar en los actos de violencia justificada pensaba en todas aquellas personas que merecían el impacto frontal de una barra de pan. Así se descubrió corriendo por Escudellers esquivando a gente con una sonrisa instintiva y pensando en arremeter con una barra de pan en la cara de cajeras mal educadas, camareros desagradables, señoritas y señoras que no pueden hablar sin abrir totalmente la boca, adolescentes sin condición, mujeres histéricas en general, madres perversas que educan a sus retoños con continuos reproches, encargados de seguridad despreciables, secretarias, funcionarios… Una vez llegó a la plaza de George Orwell se quedó quieto y vio delante suyo a los Mossos d’Esquadra, a los perros rabiosos, el Gran Hermano vigilaba. Esos hombres ebrios de autoridad bien se merecían un buen golpe con una barra de pan, o mejor, con todas las barras de pan que pudieran conseguir los revolucionarios ¡Todos los revolucionarios! Pero su arma estaba rota… “¡Con el pan recién salido del horno volveré!” les dijo en un grito mientras agitaba su media barra de pan seca y sin apenas mirarles a la cara se lanzó por la estrecha calle dels codols. Aquello era su territorio, aquellas calles estrechas, sucias y con algo de suerte… oscuras serían su salvación. Los intrépidos sajones no se pararon a hablar con los autoritarios perros con placa y siguieron al Guerrero dejando a un lado el Pasaje del Reloj, ese habría sido un buen escondite para el guerrero si su ventaja hubiese sido suficiente. Con el doble giro de la calle Rosa y d’en Serra aquella escena se había convertido en algo ridículo pensó el cerdo de la rebelión en las calles de Barcelona y se paró para vociferar algo que le rondaba por la cabeza. “Vio el esquema, penetró en la fortaleza, desmintió los rumores y saltó por la ventana”, después pensó que todo estaba listo que había dado con la clave pero ya no había pan y el ácido efecto del mismo ácido quedo tras sus zancadas y sus palabras sin sentido, incluso se oyó a si mismo reírse al principio de la calle donde ahora llegaban otras zancadas, parecían una jauría de bestias sin forma. Se sintió mal, todo aquello ya no tenía gracia, ya no oía ni su risa ni sus carcajadas, ni propias ni ajenas, y se lanzó a correr definitivamente, como si estuviese acabando con su vida pues todo volcó en su carrera...
Los había dejado atrás cuando ya estaba a punto de caer rendido cerca de Colón pero no se dejó caer y aprovechó su inercia para cerrar el ciclo y fue Rambla arriba hasta los nuevos urinarios, hasta la plazoleta donde comienza Escudellers. Ahí se sentó en los escalones que daban a la Rambla junto a un borracho de pelo canoso y alhajas doradas. Una vez sentado levanto su brazo derecho y extendió su dedo índice. Señalaba el cielo pero esa no era su intención, si verdaderamente podía imaginarse una. La gravedad bajo su brazo que fue a señalar directamente a un proveedor de cerveza a “1 euro”. Sin aliento y rebuscando en su bolsillo regateó diez céntimos inútiles. Mientras se bebía la cerveza fría y se calmaba su corazón empezó a pensar en perspectiva, inclinando la cabeza a un lado. Se situó en el tiempo y el recuerdo se hizo omnipresente en su mente. Primero recordó el no lejano momento de reflexión acerca de los golpes con barra de pan que merece medio mundo. Concadenado surgió la secuencia del golpe y la persecución, acto seguido le invadió una cierta melancolía por el fin del viaje de los últimos días. Parecía que ahí sentado todo se había acabado, ya no había más esperanza ni luz ni puertas que abrir ni caminos que seguir. Antes de rendirse meneó suavemente su cabeza y decidido hurgó en sus bolsillos buscando un chivato con un diminuto trocito de cartón fino. Aquello había comenzado en sociedad pero había acabado solo, el se quedó solo y con el ácido, el que los demás no tomaron. Pensó sus opciones durante un tiempo mientras jugueteaba con el cartón sobre la lengua y se recostaba sobre los escalones apartando su vista del incesante movimiento de la rambla y de aquellos mismos escalones repletos de personajes con mucho que contar. Miró al cielo y sopesaba si quedarse ahí inmóvil hasta reencontrarse con el ácido o ir en busca de una última aventura dejando al ácido como un mero compañero de viaje. Sabía que aquella noche era el final, al salir el sol estaría ya en el camino, el camino del caminar pesado, de caer rendido y despertar en una realidad aplastante donde debería sobrevivir, una realidad a la que hacía días le había dado la espalda y que ahora seguramente estaría furiosa con él. Ir de nuevo de su mano como un individuo más en la enorme cadena inconsciente será un viaje todavía más extraño y absurdo que el que ahora está por acabar. Pero antes de cualquier reinserción a la realidad antes debía morir, descansar y despertar de nuevo, sino quedaría atrapado entre dos mundos, en ambos y en ninguno…
Mirando el cielo de Barcelona empezó a fantasear, primero con la Maga. Cerró los ojos y se vio de nuevo caminado por aquellas calles cercanas, moviéndose sin pensar de una a otra y sin corresponder a lo que muestra el mapa de la ciudad. Procuraba dejarse llevar lo mínimo por la cabeza y lo máximo por los sentidos, de esa forma sabía que se encontraría con la Maga en alguna esquina del Raval o descubriéndose mutuamente en sombras que se desvelan enfrentadas en una misma calle. Jugaba con las posibilidades tanto con los lugares como con la apariencia de la Maga y con el juego de las caras se entretuvo en un rincón oscuro de su fantasía. En la penumbra las luces de las lejanas farolas, de la luna o del fuego que enciende un cigarro creaban distintas caras, al cambiar las sombras la cara cambiaba totalmente hasta llegar a ser otra persona, ese juego lo conocía bien e iba más allá de la fantasía. El cambiaba de perspectiva girando leve pero cómicamente la cabeza mientras ella se reía sin entender. Ella ya no era la Maga, era Teresa, y se sentía confusa y quería saber que pasaba, quería preguntar, quería cogerlo de la mano y salir de la oscuridad, y es que él estaba muy extraño aunque sus ojos brillaban como los de un enamorado, dejando a Teresa indefensa. Si era verdad que sus ojos brillaban, si que estaba enamorado, a través de Teresa podía ver a todas las mujeres que podía haber amado y a todas las que amó. Una tras otra permanecían un instante instaladas en Teresa que dócilmente les permitía su llegada desvaneciéndose intermitentemente, pues ella siempre estaba allí. Todas le miraban con sus propios gestos, alguna le sonreía, alguna no, una, y solo una, le besó para después cogerle de la mano. Era Armanda que le llevaba al Marsella pasando antes por calles repletas de prostitutas con caras oscuras que daban miedo a la misma noche y que parecía que estaban esperando a la misma muerte, querían conquistarle y matarle después, pero por suerte estaba Armanda que no le soltaba la mano y le estiraba con fuerza. Pronto pudieron beber absenta, una y otra, hasta literalmente caer al suelo y reír desde lo más hondo de sus almas. Riendo se empequeñecieron y se convirtieron en niños. Querían jugar y salieron corriendo de aquel bar lleno de grandes hombres, de humo y gritos. Armanda seguía en sus trece y quería que él la matase pero eso no entraba en los planes del niño, sobretodo del niño. De ninguna forma quería hacer tal cosa así que volvió con la Maga para dejar volar un paraguas en un día de lluvia y algún trueno. Mientras miraba el paraguas volar en un cielo oscuro pero azulado la tormenta pasó, desapareció la Maga que volvió con Rocamadour, no se supo más de Teresa que se perdió en la ciudad y Armanda yacía en el suelo de algún teatro mágico sangrando gracias al pobre Harry que no entiende nada. Estaba solo viendo volar el paraguas cada vez más alto. Superó los edificios y rápidamente se quedó solo con las estrellas, pero estás también desaparecían y es que una luz tibia las velaba. En la ciudad no se ven casi estrellas. Con la desaparición del paraguas vino el despertar, si es que estaba soñando, si no lo estaba, simplemente, abrió los ojos. Lo primero que pudo comprobar de vuelta a su antigua realidad de escalones y Ramblas fue que le habían quitado su cerveza, posiblemente parecía dormido si bien no lo estaba y eso lo había hecho todo muy fácil para quién se hubiese quedado con su lata.Al levantarse ya estaba convencido de adonde debía dirigirse y sus pasos le llevaron decidido hasta el único lugar donde podía ir. Atravesó las ramblas mientras se despedía de los borrachos de los que posiblemente alguno había estado disfrutando de su cerveza. Pasó por delante del bar quiosco y saludó a la señora que se ocupaba aquella noche del percal. Se detuvo un momento para ver bien a un joven sin dientes que sonreía, atravesó el arco del teatro, antiguamente, uno de los pasajes más apestosos de toda Barcelona. Estaba convencido de que los arcos igual que los puentes influyen sutilmente en el ánimo de quién los atraviesa y así fue que al dejar atrás el arco se sintió revitalizado, dispuesto a comenzar de nuevo, aunque no supiera que. Cuando pasaba frente a los estoicos hombres fornidos, los centinelas de la disco, no pudo más que decirles con una gran sonrisa: “¡Está va a ser una gran noche hermanos!”.
