martes, 5 de octubre de 2010

Pecado original



Teodoro era medio lelo, siempre caminaba de puntas y solía hablar solo, igualmente la gente lo apreciaba, era gracioso. Camilo el carnicero era algo así como su padre, nadie sabe, excepto él, la historia de los padres de Teo, y nunca ha tenido ni la mínima intención de revelar tal secreto. Todos en el barrio, como Encarnación la pescadera, piensan que Camilo es parte de la historia que mantiene en secreto.
La gente es así, yo mismo soy así, pienso en los demás como si fueran un rompecabezas por descubrir, buscando el sitio donde encajen las piezas de siempre como el amor, el deseo, el pecado, la falta, la culpa… Ciertamente esa podría ser una concatenación bien clásica. El amor de Camilo por la madre de Teo le llevo a desearla más allá de lo que las circunstancias le permitían, entró dentro de una relación pecaminosa, llena de culpas, faltas… y acabo haciendo perder la cabeza del padre de Teo que se fue a por tabaco y nunca volvió dejando sola a quien no pudo soportar la soledad y acabó saltando del puente de Valcarca… dejando a Teo solamente acompañado de la culpa del carnicero, culpa que le acompañaría toda la vida. ¡Esto sí que resulta un pecado original! El pecado que Teo deberá cargar durante toda su vida.

sábado, 15 de mayo de 2010

El niño de hoja de otoño


Érase una vez lo que una vez fue un niño de hoja...

Érase una vez en un bosque donde llegó el otoño...

Érase una vez en un día, como en tantos otros, de fuertes rachas de viento, de un viento que había abandonado un cielo radiante que entonces lo hundía, por su inmensidad, hasta las entrañas del bosque donde, ahora, jugaba inocentemente con las hojas creando formas que quedaban suspendidas en el aire. Había entonces, como ahora, una princesa, llamada Eliade, a quien fascinaban las figuras que formaban las hojas. Además de sus innumerables tonos entre amarillo y verde, el color de aquellas hojas se mezclaba con la apagada tierra y los cansados árboles con sus grandes troncos y sus tristes ramas que se despidían de sus hojas, antes verdes que ahora jugaban con los colores del sol y la tierra en el final de su camino. Las hojas del bosque tomaban la vida en sus formas suspendidas, tomaban la vida de antiguos espíritus de Arcadia que cansados de sus antiguas y pesadas formas se liberaron de ellas para fluir caprichosamente, como solo puede hacer un duende, hasta que se acaben las hojas o las brisas. Las hojas formaban sutiles formas que recordaban a los viejos duendes, para quien los pudiese recordar, o adquirían formas comunes o abstractas que les resultaban agradables. Las sombras de estas hojas, ahora parte de las figuras de viejos duendes de hoja y de brisa de otoño, esas sombras formaban a su vez imágenes, figuras y formas más difusas e inquietantes todavía. La sombra dentro de la sombra, los claros frente a las sombras, todo el conjunto hacía un enorme mosaico indescifrable y cambiante que era la proyección de los sentimientos y sabiduría de los antiguos duendes, espíritus que habían estado tanto tiempo ligados a la tierra que eran por si mismos la expresión espiritual del mundo, de todos sus mundos y de todos los espíritus de la tierra. Uno de esos espíritus era, como lo había conocido Eliade, el niño de hoja de otoño, un espíritu que había transcendido a multitud de formas. Había vivido en su juventud como un duende rebelde pero le venció la desdicha de los hombres, así que se convirtió en un lobo salvaje y feroz, hasta que se cansó de la voracidad y de la sangre de los hombres, para convertirse en brisa que mantiene suspendidas las hojas de su nuevo cuerpo. Entonces comprendió que la mayor pureza del espíritu se encontraba en los niños, así conoció a la princesa y su amor hacia la pasión mortal. Después se quedó ensimismado en sus pensamientos por mucho tiempo llegando a formar parte del mosaico de sombras que se enredan en el suelo con las hojas y los rayos del sol, hasta el día que entendió que debía hacer. Como espíritu puro de la tierra se nutrió de los espíritus mortales que aún conservaban los árboles de los amantes de la princesa para nacer como niño de la tierra y en la tierra, un niño mortal de carne y hueso. Así nacido en el seno de una familia de honrados campesinos que tenían que trabajar la tierra para vivir, sintió en sus carnes la dureza de la vida mortal y como se extinguía su pureza. Pero antes de que eso ocurriera abandonó a su familia para volver al bosque de otoño para sentir a sus verdaderos padres espirituales y el amor de la princesa que era más grande que el de cualquier mortal. Con esa fuerza caminaría hasta las montañas, subiendo a la cima de la más alta para convertirse en un niño-estrella, surcar el cielo y cruzar el universo…”